Gibara, expandido y transmedial

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La edición quinceañera del Festival Internacional del Cine de Gibara se promocionó desde su propio eslogan como festín de lo diverso y universo en expansión. La promesa de “un mar de artes” iba a cumplirse con una verdadera invasión al imperio de los sentidos de los participantes y la comunidad involucrada, abastecida por una programación heterogénea a base de cine, artes visuales, teatro y música, que proporcionaba una experiencia de consumo cultural sincrética y holística.

Pero más allá de la vivencia inmersiva en el amnios artístico que envolvía en tanto recepción pasiva, una racional distribución de paneles, eventos expositivos, talleres y acciones comunitarias ratificó el sueño del fundador Humberto Solás de fraguar la cita gibareña también como un espacio para la reflexión, la creación y hasta el beneficio social directo.

Tal preámbulo se expone, sin embargo, para hacer énfasis en una actividad particular, por su pertinencia y apertura de probabilidades ilimitadas. El encuentro denominado Innovación FIC Gibara 2019, compuesto por un Panel sobre uso de tecnologías, experiencias y herramientas de emprendimiento y su impacto en la gestión cultural, seguido de una feria expositiva de proyectos innovadores, encaminados hacia la producción de esos “artefactos” audiovisuales que marcan la nueva hora de la modernidad, fue, en la opinión de este comentarista, la plataforma de lanzamiento y punto de incursión más provocador, y relevante en sus probables consecuencias, de todo el evento.

Mientras, un día antes, el grupo de invitados (Fernando Pérez, Kike Álvarez, Carlos Lechuga, Claudia Calviño, entre otros) al panel “Cine Cubano: desafíos del siglo XXI”, dilucidaban con acierto sobre las posibilidades alternativas de producción que ofrece el ahora en un escenario “más allá del ICAIC” y sobre las encrucijadas de una Ley de Cine que introduce la aparición de un Fondo de Fomento, y de un marco de legalidad que legitima (al menos en el papel) una producción de cine independiente hace tiempo existente y relevante; se presentía, en cambio, con la insistencia en la visión de la “obra artística” y los presupuestos del “cine de autor”, una cortedad de visión acerca de ese fenómeno inexorable entrevisto ya, en un “lejano” 1970, por Gene Youngblood y su Cine expandido.

En ese libro comenzaban a mencionarse, y a otorgarle crédito epistemológico, a ciertas tendencias irruptoras que desde entonces preconizaban la expansión irremediable de los campos de creación y receptación de la Imago, trazando el camino hacia una “era del poscine”, tanto en los términos industriales y comerciales como en los de su receptación por los públicos.

Por suerte, irrumpió al día siguiente Innovación FIC Gibara 2015, para colocarnos realmente y de lleno en el nuevo milenio, con sus fronteras removidas hacia un cosmos de “Imagen Expandida”. En la Feria Expositiva, REMACHESTUDIO enseñó el “efecto de realidad” generado por sus creaciones en 3D; NEWMEN STUDIO trajo los cascos de Realidad Virtual que permiten la sumersión del espectador en un entorno artificial de la Realidad Virtual; y ConWiro mostró el sendero de los videojuegos en aplicaciones para móviles y PCs, con sus posibilidades didácticas y de entretenimiento.

Antes, a la hora del Panel, los presupuestos de la hipermedialidad y la generación integrada de contenidos sobre texto, imagen, audio y video, para su distribución sobre páginas web y redes sociales, encontraron vitrina en la plataforma de contenido cultural Cubaness y en Alamesa, de tema culinario.

Acostumbrados en Cuba a quedarnos todavía (y tímidamente incluso) en la etapa de las traslaciones o versiones, principalmente de la literatura al cine —con directores recurrentes: Humberto Solás, en Cecilia y El Siglo de las Luces; Gutiérrez Alea, en Memorias del Subdesarrollo y Fresa y Chocolate; y Eduardo del Llano, con sus cuentos de Nicanor llevados al cortometraje—, o las experiencias de Juan Padrón, del cómic a la animación en sus historias del mambí Elpidio Valdés y de la animación a la literatura con Vampiros en La Habana; en cambio, el vasco Fermín Muguruza aportó la cuota sorprendente con su presentación en el panel de un “artefacto transmedial”, de esa suerte de “constructo” o “marco ficcional abierto” nombrado “Black is Beltza”.

Independiente de la originalidad y valores de la pieza de animación de cuyo título es alusión a la palabra euskera que significa “Negro” y que es especialmente notable en su postmoderno pastiche de realidades históricas y ficción, lo que puso de mayor interés Muguruza sobre la mesa es el recuento de cómo se configura y se va desarrollando un “universo transmedia”, el work in progress de un material narrativo siempre susceptible de ser “recreado”, “reconfigurado” y “ampliado”, no sólo en su diégesis discursiva sino también en la diversidad de medios a través de los cuáles este relato se trasvasa, se ramifica, se distribuye y provoca corrientes de sentido.

De unas camisetas empleadas en un concierto (Fermín es igualmente músico), la idea devino en una novela gráfica. Ulteriormente llegó la expo con las viñetas; detrás la creación del dibujo animado, un fonograma soundtrack y la consecuente gira con las canciones; hasta desembocar en el documental Beltza Naitz, donde al presumible making off se le añade un narrador-personaje que aún incorpora nuevas peripecias.

Todo una trayectoria ejemplar de las oportunidades de despliegue creativo y de implantación racional-sensorial de un nuevo “relato” o “dispositivo de sentido” en un público predispuesto ya, merced a la sensibilidad global que lo envuelve, a prestarse para la asimilación de este tipo de manifestación artístico-comercial.

Ojalá que otra Feria de innovadores ocurra en la siguiente cita de Gibara y que la fusión de tecnología y creatividad propiciada en 2019, tenga algún eco en la reconstitución de un concepto de Cine Cubano que intensifique y agrande sus miras hacia un “multiverso” de incontables posibilidades técnicas y narrativas. Ojalá otro Muguruza, acaso nacional, lleve su propuesta propia al “mar de artes” de mañana.